Este sábado 22 de febrero, se cumplían 10 años de la consagración del obispo Ángel. Cabía recordatorio de una fecha importante para la Diócesis Barbastro-Monzón, y así lo entendieron unos cuatro cientos leales, familiares o amigos del obispo, tan altoaragonés ya como ejeano. Emocionante y solemne eucaristía que se iniciaba con una pregunta retórica por parte del celebrante: «¿Cómo no os voy a querer?». La despedida fue tan emotiva como los sesenta minutos de sacramento oficiados por el obispo de las personas: Ángel Pérez Pueyo.
Misa vespertina en la Catedral de Barbastro con cientos de personas, muchas de ellas se encontraban hacía una década en el mismo espacio sagrado, y un objetivo: arropar al obispo Ángel Pérez Pueyo en su primer cumpleaños redondo como referencia mayor de la Diócesis Barbastro-Monzón. Ambiente emocionado, pasillo para el obispo encabezado por sacerdotes de los cuatro arciprestazgos diocesanos y eucaristía que se iniciaba con un reiterado, “¿cómo no os voy a querer”. Ángel Pérez Pueyo agradeció en numerosas ocasiones todo lo que ha vivido en esta década con las personas como fundamento de una acción consciente y pretendida: “No hemos venido a cambiar el Evangelio, ¡faltaría! Pero sí estamos aquí para llevarlo, a todos los rincones de la diócesis, actualizado al tiempo, a la tierra y a las personas”, señalaba el obispo, en uno de las frases más demostrativas de lo que ha sido una década de ministerio. Y ahí se refirió a la clave referenciadora de su apertura sin complejos: la puesta en marcha del modelo de unidades pastorales o la forma de llegar donde no llegan las vocaciones en los seminarios.
Durante toda la misa aniversario, el coro diocesano ornamento el espacio y los corazones con distintas canciones que abrieron paso, por ejemplo, a las ofrendas: el tomillo, perfume de la mano que lo arranca, símbolo de quienes dieron su vida por la fe; mitra, signo de la herencia milenaria y regalo de la diócesis; Virgen del Pueyo, patrona diocesana; y vela encendida, símbolo de la cruz de Cristo. Y no quedó ahí la tarde avanzada, porque la despedida al celebrante vino musicada y cantada por el himno diocesano, ante la ovación y emoción general a un obispo conmovido.









